jueves, 7 de febrero de 2013

La casa rosada de Ricardo




Mi nombre es Ricardo dos Santos, nací en Río de Janeiro en un barrio muy humilde lleno de sueños y de muchas ilusiones. Una de ellas es que terminara tanta violencia y pobreza. Crecí siendo un pescador porque desde muy niño me tocó abandonar el colegio y dejar de utilizar mi lápiz y mis cuadernos para poder conseguir comida para mi madre y mis hermanas. Además de eso siempre tuve el sueño de tener una casa cómoda, un automóvil y una mascota para vivir tranquilamente.

Mi mayor pasión siempre fue el fútbol y mi gran ídolo Ronaldinho, porque siempre fue el mejor de todos en el mundo. En mi poco tiempo libre lo practicaba con mis amigos aunque fue un poco difícil por tener que jugar con una botella de gaseosa vacía. A todos los que conocía les dije que yo algún día jugaría como él, que saldría de aquel barrio violento y sucio para darle de todo a mi familia. Por culpa de las amenazas y la guerra que se vivía en mi barrio, a mi madre, a mis 3 hermanas y a mí, nos toco salir de inmediato de ese lugar y olvidar ese sueño. Dormir 2 noches en la calle hasta que una señora nos recibió en su hogar, durmiendo en el suelo y todos juntos, pero era mejor que la calle fría y ruidosa. Ella se llamaba María de Assis Moreira, una mujer morena y alta que decía mucho “si Dios quiere” ya que era muy religiosa, tenía un gran jardín y cuatro vacas lecheras en su hermosa casa.

Me volví prácticamente un granjero ordeñando las cinco vacas de la señora María y cuidando sus jardines. Esa casa era muy grande, de dos pisos, con sótano y muchas habitaciones. No podía entender cómo una señora con tanto dinero no tenía marido. Yo solo le veía un problema y era que aún fumaba cigarrillo, y solo lo prendía con fósforos  porque esa era la esencia según ella. Al parecer sufría de su hígado y también del corazón, prácticamente nosotros éramos su única familia. Mi madre y hermanas se encargaban de lavar la ropa y hacer el aseo de toda la casa.

Doña María murió por culpa de cáncer en el hígado, mas no por problemas cardíacos. Todos los días yo hacía una oración en su nombre. Fue una gran sorpresa cuando el hombre de la notaría nos dijo que ella dejó su casa a mi nombre e hizo unas peticiones. Estas fueron que cuidara sus vacas, nunca le cambiara el color rosa de las paredes, no derramara ni una lágrima por su muerte, por último que me quedara con su Chevrolet y que aún no lo manejara hasta que no aprendiera bien y fuera un hábil conductor.

Gracias a Doña María, ahora mi familia y yo tenemos una casa donde me dedico a vivir bueno, mis hermanas y mi madre se encargan de hacer todo, yo solamente me decido a disfrutar de mi Chevrolet, de mantener las paredes de la casa pintadas de rosado, tomar mi café diario y cuidar a mi vaca preferida que se llama María. Si Dios quiere aquí también vivirán mis hijos y nietos.

No hay comentarios:

Publicar un comentario